Las olas se desmoronaban a los pies de la arena.
El viento hacía que el olor a sal
navegase a través del aire hasta una casa,
que se enterraba a pocos pasos del mar.
La melodía de un dulce violín
adormilaba a un gato de color betún que dormía en el rellano,
En la otra sala, las hojas llenas de tinta
volaban por la habitación buscando un destino polvoriento.
El violín se detuvo seguido de un gruñido de rabia,
y la pluma que rasgaba los folios se durmió en el escritorio.
Ella dejó su instrumento apoyado sobre la mesa del comedor,
y caminó hasta la habitación donde él la esperaba.
-Amor, estoy cansada- Dijo la joven.
Él se levantó de la silla y acercándose a ella la besó en la frente
mientras le sugería salir un rato a pasear por la playa
Se encaminaron juntos por la puerta trasera
dejando que la húmeda arena encharcara
sus desnudos pies, y que el sol,
que tanto brillaba, iluminara sus rostros agotados.
-No consigo acabar la canción- Dijo la chica con cara de angustia.
Él la abrazó fuertemente llevando la cabeza de ella a su pecho
que yacía oculto por una negra camisa.
-Verás como todo sale bien- Le respondió él con el propósito de animarla.
Ella le miró a los ojos, y con ilusión
le besó suavemete los labios con una dulzura
que jamás podreís siquiera imaginar.
Era un beso tan dulce que se escapaba de la realidad,
era un beso tan plácido que hacía desvanecer las tormentas
y los males, era un beso tan puro
que las mismísimas nubes corrían ahuyentadas
por el brillo que el mísmo desprendía.
Era un beso con tanto amor que rendía al joven
en una perdición eterna.
Un amor que sólo él podía sentir,
puesto que ese beso, escondía la muerte de la muerte.
Era un intenso renacer,
que en ocasiones le asustaba, pero nunca olvidaba
que él renacía a cada beso sólo para
volver a morir en los labios de uno nuevo.
Un vicio contínuo, una droga incontrolable,
una necesidad absoluta, era lo que provocaba
el beso de aquella bella joven.
Tras unos segundos, sus cuerpos se separaron
y los dos, decididos a seguir con su magia,
entrelazaron sus manos y retornaron a su hogar
donde sus instrumentos esperaban.
Ella, tomó de nuevo su violín y no descansó
hasta dominar todas las notas de la canción.
Él, cogió la pluma, y dejó que su corazón escribiera
las palabras adecuadas para terminar su poema.
No son la pareja perfecta,
a pesar de que mucha gente lo pensara,
de hecho tienen momentos en los que
son como fuego y agua.
Pero a pesar de ello, a pesar de sus discusiones,
a pesar de sus incontables lágrimas,
a pesar de tener días insoportables,
nunca se separan.
Ambos saben que la vida sin el otro
es una vida sin magia,
una vida sin sentido
una vida aburrida
una vida vacía.
Ambos se aman.
Doce poemas y un violín.
